En la morada de tu mente habrá una habitación vacía. Querrás que entre allí, que mire a mi alrededor y que invente un lugar para sentarme, para esperar a que me cuentes que ese lugar será el sitio donde siempre nos encontraremos.
No, las palabras no hacen el amor hacen la ausencia .
Alejandra Pizarnik
Para Elvira .
Las palabras son ausencia de lo que fecundan por eso algunas palabras están llenas.
No, las palabras no son lo que nombran
pero algunas sí, amor.
Sus dibujos brillan como los ojos de un gato, parecen dispuestos a colocarse de un salto en el ala del tejado, para ver todo desde arriba y cambiar el punto de vista, piensa. Desde abajo, pisoteada en la puerta, le queda grande la vida.
Me gustaría dejar dormidas a las palabras en mi cama, aunque sería mejor barrerlas como a la azotea de mi casa. Mi casa tiene una azotea, desde allí diviso y hago como si mantuviera el orden.
Me parezco a la casa, pero no soy. El pasillo lleno de palabras, pero no son. Pensamientos que quieren abrir ventanas que no son ventanas.
Encontró el infinito al separar las piezas que le formaban. Sobre la mesa fue colocándolas, una a una, como elementos de un atrezzo
que engalanarán el escenario de un festín.
Un lunes por la mañana, en la copa del naranjo, se posó un mirlo. Cerré la cortina el lunes por la tarde, y allí seguía el mirlo, navegando entre las ramas de su amado naranjo.
C onozco una araña. Me visita. En realidad he crecido con ella. La primera vez que la vi grité. Luego me acostumbré a su presencia y de un sólo vistazo la tenía completa. Me enseñó a enhebrar, a tejer con paciencia y ahora sé que el miedo es una tela muy fina.
El que tarda en vestirse, en desayunar, el que invierte en salir de casa. Los pasos contados hasta el tranvía, los niños corriendo hacia el colegio. Un coche blanco le cede el paso, saluda a su conductor. Se fija en la hora, en la calle, en la gente, en el aire, como entra a sus pulmones, en el sol, como corre la cortina, en sus latidos, como significan tiempo.
En el cauce vacío de un riachuelo quise convertirme en agua y hacer como ella: saltar ante el peligro, tapar todo hueco en el camino, ajustarme al recipiente.
No había agua de la que aprender. Me conformé con tocar el fondo, con rozar tan siquiera con mi sombra el lecho sediento.
Como un oso que mira a su reflejo en el agua me asomé a tu interior de papel sin saber que lo estaba haciendo. A través del cristal, un enjambre de libros sin cesar, de palabras, de ideas encuadernadas que brotaban de las páginas. Como un oso, que embiste a su reflejo en el agua, entré en la biblioteca.
Una pareja se besa en un banco al final del paseo. De pronto comienza a llover. Una mujer camina, también, por ese paseo sin molestarle la lluvia, ni el beso. Sus zapatos suenan sobre el asfalto mojado. Suena también la música que inventa la lluvia. Suena un beso.
Como un gato que abandonaba temporalmente la morada que le cobija, se aventuró a salir de su resguardo de palabras y papeles. Pero, a diferencia del gato, no recordaba el camino de vuelta.
En un jardín, dos niños pequeños descubren a una cría de gato. Se agachan lentamente, juntan sus dedos índice y pulgar y, acercándolos al gato, balbucean unas sílabas en ningún idioma. El gato les responde con un sonido. Sólo ellos conocen ese hablar.
Buscaba la salida una vez más y una vez más tropezaba con la pared la que ella misma construía. Con palabras la levantaba, con las mismas palabras, la justificaba. Y detrás de la pared permanecía, en el lugar al que llegó buscando la salida.
Un mirlo se posó en la rama de una támara, grácil balanceo de brisa y ave para ti, justo en el momento en el que describías a un mirlo creyendo que era un cuervo.
Acostumbrado al peligro saltó vallas y espinas chocó contra personas y muros murió por causas injustas pero nació en ese instante al otro lado de la sombra.
No sé quién eres no sé nada de tu vida ni de ese olor que te envuelve humedad y tono celeste dibujos que nacen de las nubes queriendo decir quién eres. Todo te pertenece pero no eres tú el que lo siente.
Podrías hacer como el agua derramarte de un recipiente para buscar camino hasta un mar que te llevara a otra orilla para ser a su vez contenida en un nuevo recipiente que se volviera a derramar entre tus manos.
Desde la cama miramos cómo viven los abrigos cuando cuelgan de la puerta del armario. Parecen dos amantes que descansan, inerte reflejo de nosotros. Se preguntan, desde su percha, cómo aguardar a nuestros cuerpos ante el frío de la noche.
"El sentido estético de la persona enterrada asume la forma de la piedra de su tumba". Yasunari Kawabata Los samuráis escribían un haiku antes de morir. Eras un guerrero, pero te fuiste sin hacerlo: Naranjo en flor abono de cenizas tú permaneces
Las palabras son la herramienta contra el olvido contra el miedo y la desaparición contra el dolor y el vacío. Escribo detrás de tus papeles. Sigo la línea de tus palabras. Recorro el camino de tu mente. Para volver a tenerte.
Escribo desde la silla donde sentada pienso y anoto lo que por la casa camina como un reflejo permanente y descubro la luz que la boca no alcanza a decir.
A través del cristal empañado y lleno de polvo rodando a cien kilómetros por hora con el cansancio del trayecto acumulado y el hambre de llegar por todo el cuerpo.
Tu calle, acuerdo entre la ventana y los peatones entre los árboles y el asfalto entre el desgaste, los adioses y los coches. Aquella carretera por la que un día pasaste sólo fue un pacto, una travesía a toda velocidad con un paisaje desconocido.
La ciudad que habito ama a las nubes. Se acercan por la mañana arrastrándose desde el cielo remoto y rebosan como un mar pegajoso sobre la orilla de las montañas de la ciudad que habito
La música llegó como un manantial al jardín del Museo Batham La sombra de las nubes sobre los instrumentos y los pájaros sobre el alcornoque que cubría al gentío como el canto de doscientos alientos y un sólo oasis