La ciudad que habito ama a las nubes. Se acercan por la mañana arrastrándose desde el cielo remoto y rebosan como un mar pegajoso sobre la orilla de las montañas de la ciudad que habito
Foto SP I Estaba de acuerdo con sus pensamientos solo cuando guardaba silencio. II Me preguntó qué era de mí, cómo estaba, qué tal me había ido, pero no para escucharme, sino para fundar en un periquete su monólogo. Sin dejarme resollar detalló, con toda exactitud, qué tal le había ido a él. III Solo cuando callaron estuvo de acuerdo con su forma de opinar.
Un lunes por la mañana, en la copa del naranjo, se posó un mirlo. Cerré la cortina el lunes por la tarde, y allí seguía el mirlo, navegando entre las ramas de su amado naranjo.
Comentarios