Escribo desde la silla donde sentada pienso y anoto lo que por la casa camina como un reflejo permanente y descubro la luz que la boca no alcanza a decir.
A través del cristal empañado y lleno de polvo rodando a cien kilómetros por hora con el cansancio del trayecto acumulado y el hambre de llegar por todo el cuerpo.
Tu calle, acuerdo entre la ventana y los peatones entre los árboles y el asfalto entre el desgaste, los adioses y los coches. Aquella carretera por la que un día pasaste sólo fue un pacto, una travesía a toda velocidad con un paisaje desconocido.
La ciudad que habito ama a las nubes. Se acercan por la mañana arrastrándose desde el cielo remoto y rebosan como un mar pegajoso sobre la orilla de las montañas de la ciudad que habito
La música llegó como un manantial al jardín del Museo Batham La sombra de las nubes sobre los instrumentos y los pájaros sobre el alcornoque que cubría al gentío como el canto de doscientos alientos y un sólo oasis
Saboreo tus manos cuando cogen mi cara y tocan los rincones de mis huellas tanteo de arrugas y comisuras con tus dedos sólidos transitas con tus ojos concretas con tu amor compactas
no es lo que hay que llenar ni el lugar que ocupé antes de venir tampoco lo que queda cuando te vas ni el hueco que me contiene ni una taza de desayuno vacía ni la silla esperando tu calor
el aire atraviesa mi cuerpo como si fuera un colador también pasa el miedo como si no ocurriera y el dolor como si no lo asumiera ¿he simplificado las leyes mi física?
quiero enraizarme en un inmenso bosque y sentir cada mañana el baño del rocío que serenara mis verdes hojas con sus gotas que resbalaran en línea recta hacia abajo que salpicaran mi tronco refrescando el torrente quiero sentirme verde y jugar con las gotas que en el aire permanecen
Los párpados agotados trasportaron el descanso y acaso ese respiro entre vigilia y ensueño dominó la luz y el tiempo Luego de otras épocas y a rayos se inundó la estancia de ánimas inventario de espíritus