24.5.14

Escrito para ser leído





Para Sergio 


Un aforismo es una puerta que se abre en ambos sentidos. Te invita a entrar para despedirte en un solo movimiento. Es una respiración que se toma y exhala. Es un bocado que sacia.

Un aforismo no engaña, es transparente, aunque juegue y merodee, da en el blanco. Luego te persigue.

Un aforismo es un pensamiento multitudinario, pero dicho por una sola persona.
Es como el fragmento de una historia que se empezó a narrar hace mucho tiempo y que llega entrecortado.Y que escuchamos como golpes secos o como pasos a lo lejos, como señales vienen del bosque sin principio ni final que es el pensamiento. 

Hace mucho tiempo que alguien lo pensó: el aforismo es el relevo. 

Pero un aforismo es tal vez un botón que abrocha, un hilo que une. Escribir aforismos es como coser, como enhebrar secuencias en la sábana blanca de la mente.

Un aforismo es la cara que tenemos en el espejo cuando no nos engañamos.
Es el gesto pausado de la imaginación que baila.

Un solo aforismo puede iluminar las zonas oscuras del ánimo.

La mente humana parece un trastero con repisas, cajas y estantes y una sola bombilla suspendida en el centro, oscilando. El aforismo está dentro de alguna de las cajas, pero también es la bombilla y también la puerta que abre la estancia.

Escribir aforismos permite dar entidad a las emociones, hacerles sitio dentro de las palabras, darle contenido intelectual a lo sentido.Y para escribir estas cosas hay que conocerse muy bien, y también hay que estar despierto ante lo que sucede y ante el efecto que produce lo que sucede. Hay mucho, a su vez, de observación de los demás, de sus arquitecturas y montajes, de sus pequeñas trampas y debilidades y eso también implica un conocimiento de sí mismo.

Es como si Sergio se hubiera escudriñado y nos regalara su espejo.

Puede ser que la única forma de comprender la realidad sea darnos cuenta que la reconocemos entrecortada y que por eso el contenido de la mente solo podemos verlo desordenado. Tan necesaria es la relación para comprender, la relación entre lo que pensamos sobre el mundo, lo que sentimos ante nuestra vida y lo que hacemos con ella. La relación entre lo que somos, lo que se nos exige y lo que nosotros estamos dispuestos.

Equilibrio que en este libro se nos muestra detrás de un método que funciona y que combina lo real y lo supuesto, lo irónico y lo adverso, el amor y su contrario.La unión de los eternos enfrentados acomodados en el encuentro.

Sergio es una persona serena que no se sube a ninguna tribuna para elevar su voz. Su voz se proyecta sola, pues sus certezas calman nuestro afán. Pero no se queda ahí, también nos alonga al abismo, nos quita la alfombra que pisábamos, nos abre la ventana de la sed.
A veces parece que Sergio habla consigo mismo y así le habla también al lector al oído, como una especie de conciencia, que unas veces hace cosquillas y otras te pincha para que despiertes.

A Sergio le conocí dentro de un libro. Era de poemas y los poemas dialogaban entre ellos. Supe cosas que confirmé después al conocerle en carne y hueso. Que es un hombre de mirada curiosa, pero serena. De risa abierta, pero infalible. Un hombre de palabras pensadas y concretas, pero frescas y divertidas. Un hombre para hablar de cualquier cosa que se pueda pensar o no. Irónico, tierno, un travieso inteligente.

Un hombre que no teme decir lo que piensa, pero tampoco teme callar.

Sergio es de ese tipo de personas que se le reconoce por sus gestos. Preciso en sus palabras, pero nada presumido en sus cualidades, asertivo y optimista, buen conversador y cómplice.

“No queda más remedio que disimular el pánico con los gestos más cotidianos”. Nos dice, y después de leerle es fácil imaginarle sentado ante un café, revolviendo el gesto y la palabra. 

Leyendo sus aforismos he sentido vértigo, tristeza, me he reído. Y he encontrado respuestas a mi desasosiego. Y algo de leyes, algo de honor, de sabiduría antigua que vuelve, algo que ya sabía, y que de alguna manera me pertenecía, pero que era necesario recordar. Y también muchas ideas a las que no había llegado, como puertas que se abren, teclas que suenan o luces que se encienden.

Los aforismos de Sergio nos muestran un camino hacia la cordura, una pista que podemos seguir para conocer el contenido de nuestras distracciones, son como las migas de pan que nos recuerdan el itinerario que habíamos trazado.

Como él dice: “Confundimos la verdad con el polvo que levanta su huida”.

 O en este otro: “En su rostro serio duermen una herida y un niño”. Y  pienso en el que no sabe que hay que lamer la herida, en el que no sabe que la seriedad es mentira, en el que no sabe que el niño está esperando.

“Qué cantidad de cosas hay que hacer para parecerse a sí mismo”. Dice Sergio, y así nos da una pista para entender que somos una construcción, un traje, un disfraz que podemos desabrochar.

O en este otro “Los atajos nos privan de la belleza del camino” Luminoso aforismo que nos conduce hacia el contenido de nuestra mente.  Y nos muestra, que veces el camino más corto, el de la satisfacción inmediata, nos priva del verdadero camino, que en principio se mostraba complejo. Creo que habla de las elecciones que hacemos en la vida.

“Los buenos poemas son flechas que, al clavarse desvelan el centro de la diana”. Este aforismo viene de un recorrido que le hace ser a la vez la flecha, el poema y la diana.

O como este “Muchas veces le debemos a lo peor de nosotros mismos lo mejor de nosotros mismos”. En el que hay una enseñanza y una advertencia que chocan y hacen chispa, como si encendieran el fuego.

“Esas ausencias como bombas que nos legan un paisaje irreconocible”. Este aforismo, como una foto familiar en la que van desapareciendo las caras, un almuerzo al que ya no asisten todos, también lo hago mío.

Y este otro  "La profundidad de la mirada se adquiere en los abismos a los que hemos tenido que descender”. Es como si pudiéramos saber todo sobre las personas, pues está impreso en su mirada, como una geografía.

Nos dice Sergio que “Somos burdas imitaciones del original de la infancia”. Y creo que nos quiere recordar que nuestro niño habita en la memoria del cuerpo, con un único medio para entenderle: jugar.

“Hay una pulsión en los momentos fatales que nos incita a adelantarlos”. Me hace pensar en la preocupación y en las emociones fuertes a las que a veces la vida nos expone y nos acostumbra, casi como una vacuna.

Y por último “Las pequeñas mentiras son las grandes aliadas de la libertad cotidiana”. A esta conclusión he tardado toda la vida en llegar, casi la entendí al mismo tiempo que la leía.

En este libro hay afirmaciones como castillos, pero castillos levantados con las piedras que fuimos encontrando por el camino. El mismo camino que nos conduce a un lugar donde nos contradecimos, donde negamos la pregunta y no queremos saber la respuesta.

Un lugar de refutación, pero también de cercanía,  de encuentro que permite la comprensión y la comunicación y que probablemente está detrás del lóbulo frontal de cada uno de nosotros.


Nos necesitamos los unos a los otros para resistir. Muchas gracias, Sergio, por tus deliberaciones. Leerte es sentirse libre, pero acompañado, es como tener a alguien con quien discutir, alguien que te da que pensar.