Ir al contenido principal

La azotea



Me gustaría dejar dormidas a las palabras en mi cama,

aunque sería mejor barrerlas como a la azotea de mi casa.

Mi casa tiene una azotea,

desde allí diviso y hago

como si mantuviera el orden.



Me parezco a la casa, pero no soy.

El pasillo lleno de palabras, pero no son.

Pensamientos que quieren abrir ventanas que no son ventanas.


Comentarios

Robanix ha dicho que…
La casa de las palabras!
Si de eso se trata... ha dicho que…
Somos como nuestra casa, porque somos ella de alguna manera.
Seria raro estar en una casa que no la veamos como a nosotros mismos, no?
RosaMaría ha dicho que…
Qué buena reflexión! La foto me encantó, como todo lo leído hasta aquí. Un abrazo y encantada de conocerte. Pura casualidad, aunque estas no existen.
Pepa ha dicho que…
Robanix, me encantan tus comentarios! un abrazo.
Si de eso se trata, esta claro que la casa es un reflejo de cada uno de nosotros, como lo son todas las cosas que nos rodean, los objetos cobran la vida que nosotros les damos, un saludo, gracias por tu visita.
Rosa María, otro abrazo para ti, muchas gracias por tus comentarios, efectivamente que no exsiten las casualidades, todo está conectado, saludos.
Iván Cabrera ha dicho que…
Las palabras se deslizan entre las sábanas de la cama como una lúbrica serpiente entre los amantes que se han encontrado en su primera noche.

Entradas populares de este blog

Bordes deshilachados I

Me gusta el verano porque, mientras conduces, tocas mis piernas. * Mi mente está vacía pero no sé si es un logro o una venganza. * Dos perros se cruzan en mi camino, uno podría ser yo, el otro también. * A través de la ventana veo unas piernas que se alejan en la calle y la vida a la altura de la acera, a la altura de esas piernas, de una rueda. Tengo que mudarme de este sótano.

La hoguera

Esta luz, que escribe en el aire, es tu luz, la hoguera, que escribe en el aire.

Los desconocidos

Parece que hablan otro idioma pero les pasa que se desconocen a sí mismos.

La calle de la espera

No tienen más que hacer que esperar. Esperar a que llegue el invierno. Y con los primeros rayos de frío sobre una ciudad desconocida dibujar un mapa de paseos y encuentros y esperar. Hasta encontrarse más tarde, sentados en las escaleras de una plaza. Se ven venir a lo lejos y bajo el pilar de un puente se protegen de la lluvia, y hasta luego. Pues saben que en algún lugar futuro al final de la calle de la espera siempre habrá un refugio para cuando llegue el invierno.