Escribo desde la silla donde sentada pienso y anoto lo que por la casa camina como un reflejo permanente y descubro la luz que la boca no alcanza a decir.
y el tiempo y el amor te sobran para esquivar las traslucidas tristezas para borrar los encuentros con el fantasma y jugar con la luz que entra por la ventana del cielo hasta la mesa de la cocina
Creemos tener bajo control a los sentimientos porque los hemos observado muchas veces, porque los hemos habitado o ellos a nosotros, porque estamos hechos de eso, no lo sé. Pero realmente son los sentimientos los que dominan el cotarro. Ellos organizan nuestra rutina, duermen en todas las habitaciones de nuestro cuerpo, se asoman a la ventana de la casa, con todas sus caras y edades. Tengo la sensación de que las personas que me rodean creen que hablo según un criterio ajeno, y es cierto, hablo según el criterio de cada uno de los habitantes de mi casa.
Sus dibujos brillan como los ojos de un gato, parecen dispuestos a colocarse de un salto en el ala del tejado, para ver todo desde arriba y cambiar el punto de vista, piensa. Desde abajo, pisoteada en la puerta, le queda grande la vida.
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