A través del cristal empañado y lleno de polvo rodando a cien kilómetros por hora con el cansancio del trayecto acumulado y el hambre de llegar por todo el cuerpo.
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Comentarios
Anónimo ha dicho que…
Desde que arribé a tu espacio he leído varias veces y con más atención, de entre todos, estos versos veloces y precisos. La última línea de este poema quizá concentra una poética de claridades que agradezco, como agradezco tu blog que descubro hoy.
El silencio no es ausencia de sonido, (lo he leído), ni una fe, ni un presentimiento (eso me han dicho). El silencio podría ser: cuando te marchas, yo me quedo contigo.
No tienen más que hacer que esperar. Esperar a que llegue el invierno. Y con los primeros rayos de frío sobre una ciudad desconocida dibujar un mapa de paseos y encuentros y esperar. Hasta encontrarse más tarde, sentados en las escaleras de una plaza. Se ven venir a lo lejos y bajo el pilar de un puente se protegen de la lluvia, y hasta luego. Pues saben que en algún lugar futuro al final de la calle de la espera siempre habrá un refugio para cuando llegue el invierno.
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Saludos...